Las imágenes de los campesinos inundando las plaza nacionales en el paro agrario y el difundido video de Dignidad Agropecuaria sacando a Uribe de Tunja nos muestran a unos campesinos que no son aquellos a quienes hay que convencer en época de elecciones sino que son los líderes políticos que tienen argumentos, no olvidan, construyen paz y reclaman soberanía, porque las urnas son insuficientes para la dignidad. Los campesinos han conmocionado a un país cuando se intentan negar sus luchas y ham despertado una solidaridad activa de sectores urbanos que ha trascendido la indignación expresada en las redes sociales para llenar las calles.
No son nuevas las reivindicaciones del agro que se ha visto afectado durante décadas de inequidades causadas por el manejo patrimonialista de los recursos públicos, los desequilibrios regionales, la sobreprotección del Estado al sector financiero, la concentración de la riqueza y de la propiedad territorial, la exclusión en la participación política, las acciones tanto paramilitares y guerrilleras en la apropiación del territorio, la vocación extractiva de la economía sin sostenibilidad ambiental, la dependencia económica del país con el exterior y la falta de políticas pertinentes de educación, salud e infraestructura. Frente a este panorama se han tejido varias estrategias de resistencia que han sido perseguidas y estigmatizadas durante años pero que han logrado triunfos parciales en el ámbito legislativo y social, como las Zonas de Reserva Campesina que se esbozan como un instrumento de lucha en contra de los fenómenos de apropiación y concentración de la tierra que han cambiado la condición de agricultores independientes a relaciones de arrendatarios y jornaleros agrícolas. Es así que los campesinos tienen la autoridad para exigirle a mandatorios respeto, soluciones y una vida digna, ya lo hicieron con Gaviria y su llamada apertura económica, ahora le recuerdan a Uribe y Santos los efectos del TLC
La figura del campesinado está cargada de memoria y futuro. Con la tenacidad de nuestros abuelos pueden paralizar un país buscando un cambio que no se limite a las recurrentes medidas asistencialistas, las cuales se han convertido en paliativos mientras la casusa de los problemas se profundizan; reconocida era la consigna del paro agrario “No necesitamos subsidios, sino políticas; políticas agropecuarias para poder trabajar”. El escepticismo en la política tradicional ha llevado al campesino a reinventar las formas de hacer política, para ser los protagonistas y no sólo los sujetos pasivos de las legislaciones y políticas agrarias que afectan realidades tan propias que no pueden ser solamente determinadas desde una oficina, como por ejemplo aquellas que atañen los usos del suelo.
De esta forma, desde el campo se está pensando un nuevo modelo de país que tiene como motor la indignación y la experiencia. Los saberes campesinos, que se atreven a cuestionar el orden vigente, no pueden seguir siendo excluidos del desarrollo institucional en aspectos vitales como la seguridad alimentaria. Aunque aún falta el reconocimiento de muchas iniciativas campesinas, se han cambiado las representaciones del campo y su gente, éste ha dejado de ser visto como “la finca” a la que se va de vacaciones para convertirse en el lugar de la resistencia y las ideas, porque el campesinado es capaz de reinventarse y dinamizar su propia visión del desarrollo.
Angie Paola Ariza Porras
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